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Juntos, hasta que la muerte nos separó

La vida es como un vaso de agua que se va evaporando poco a poco, pero en ocasiones hay enfermedades que aceleran el proceso, como si la muerte estuviera bebiéndose el líquido vital de la persona después de correr un maratón y estar sedienta. Lo hace a tal velocidad que lo único que podemos hacer cuando nos dan el diagnóstico final es brindarle momentos de alegría a esa persona que sabe que su vida terminará pronto. Es triste, es difícil, pero debemos tener el mejor ánimo posible para lograr compartirlo a la otra persona, como yo lo hice con el amor de mi vida.

El destino nos unió hace cinco años, cuando yo había tirado la toalla en las cuestiones del amor, pues las experiencias me habían demostrado que quizá yo no estaba destinado a encontrar a mi complemento. Creía que los dioses asiáticos habían tenido la idea de cortar mi hilo rojo sólo por diversión, por lo que jamás me reuniría con la persona que estaba destinada a mí. Pero bien dicen que cuando el alma flaquea, siempre hay un último estirón para llegar a la meta. Fue cuando la conocí a ella, cuando vi su larga cabellera ondulada meneándose al ritmo de la melodía más bella, su hermosa figura que parecía un halo solar cada que el astro rey salía a escena.

Fue tan fuerte nuestra conexión que me disculpé con los dioses de Japón, supe que mi hilo estaba intacto y tras dos años de ser novios, nos casamos. Pero bien nos lo advirtió el sacerdote: “…hasta que la muerte los separe”. Nuestro amor era tan fuerte que sólo la muerte nos podría separar, pero aunque eso pasara, yo estaba seguro que nos reencontraríamos después en otra vida, en el más allá o lo que sea que haya después de la muerte.

Le realizaron múltiples análisis en los laboratorios GDA y fue ahí donde dio positivo a una rara enfermedad que la carcomía por dentro y que en menos de tres meses me arrebató lo más maravilloso que había tenido en la vida. Un diagnóstico tardío y un extraño problema en su ser fueron una bomba que ya tenía el tiempo contado y que explotó en menos tiempo del que imaginábamos. Intenté ofrecerle la misma alegría que ella me había dado, pero me era imposible, las lágrimas me brotaban, y era ella quien seguía iluminando nuestro hogar, lo que me avergonzaba. No sé cómo lo supo, pero un día antes de fallecer me llamó, hicimos el amor como nunca antes, sin tanta pasión pero con todo el amor del mundo, nos fundimos en uno solo y después hablamos, nos despedimos. A la tarde siguiente la vi partir, tomar el autobús sin rumbo. “Nos vemos pronto”, musité.

Quería morirme, tenía la necesidad de acabar con mi vida, pero no podía, no me atrevía. Pese a que sabía que nos íbamos a reencontrar, no podía dejar sola en este mundo al regalo maravilloso que tuvimos antes de que se le detectara la enfermedad. Mi hija y yo superaríamos la pérdida de su madre para que junto honremos su nombre y todo lo que nos enseñó mientras estuvo con nosotros. “Gracias por tanto amor”, dije frente a su tumba mientras besaba la frente de mi pequeña, que es igual de hermosa que su madre.

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