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El tiempo

El tiempo no perdona, no se detiene a esperarnos ni se preocupa por nuestros sueños y nuestros planes. Cronos, el magnífico titán del tiempo, avanza con paso seguro y es sólo con el transcurrir de los instantes que el reino de lo humano se crea y se destruye. ¿Pero de qué nos sirve tanto tiempo cuando nada nos ocurre?

Espere las siguientes horas para configurar el router cnc, pero no podía concentrarme así que decidí comenzar con mis reflexiones de media tarde.

Tiempo, fue esta palabra la me que me hizo darme cuenta de las ausencias de la vida.

Investigué lo que “tiempo” significaba y me topé con diversos sinónimos: acontecer, cumplirse, correr. Estas palabras llevan algo en común, son una acción. Entonces será que si nada acontece, ¿en verdad el tiempo transcurre?

Yo me negaba vivir en una vida sin tiempo. Cuando los minutos no te persiguen y no existen los repulsivos segundos, no se respira el momento, la vida es inexistente. Yo quería revivir, así que salí en busca de la acción. Corrí al sinónimo de transcurrir, pero éste había decidido no aparecer.  Me senté en una banca con la esperanza de que el tiempo transcurriera. No pedía mucho, con tan sólo unos segundos tendría para abastecerme. Los tomaría con la mano, con sumo cuidado para no estrujarlos. Los guardaría, irónicamente, para cuando el tiempo fuera el indicado.

Eso que no se llama “tiempo” y que tampoco transcurre pasaba frente a mi. ¿Cómo describir lo que pasaba cuando nada acontecía? ¿Cómo explicar lo inexplicable, lo inexistente? Y fue en ese instante que no le pertenecía al tiempo, que por primera vez algo sucedió.

El tiempo no echó a andar las manecillas del reloj, sino mi corazón. Había decidido guardar el tiempo cerca de mi pecho para que fuera eterno. En su mirada hallé todo el tiempo perdido. En sus curvas yacían los meses extraviados, divagaban en la carretera donde yo me hallaba exaltado. Corrí junto al tiempo, viví en el instante.

 

Disfrutaba de la vida que el tiempo me había escondido. Pero al tomar su mano la vida se tornó efímera. ¡Maldecía al tiempo que me alejaba de su presencia! ¿Para qué pedir sentir el viento, cuando lo único que deseas es que deje de correr? La leve capa que lo cubre se esfuma con el primer suspiro de desolación. Si nada ocurre el tiempo permanece estático, ¿pero qué pasa cuando todo sucede? ¿Existirá una medida para tanto?

 

Cuando estaba con ella el tiempo se descalibraba, no había manera en que los instantes entraran en un escala preestablecida, eran eternos, rápidos, lentos, llenos. Al sentir su ausencia, el tiempo se detenía.  Fue ahí que entendí que siempre he estado mal. Y es que un suspiro con ella no es lo mismo que suspirar en su ausencia. Sin ella el aire se calienta, las horas se alargan y la vida me atormenta. La medida establecida no existe, no podemos contar las horas y mucho menos transformarlas en años, cuando no todos los segundos transcurren de la misma manera.

Eso que no transcurre al ritmo que mi corazón resiste, crecía. Una noche —o tarde, ¿qué importa el posicionamiento del sol?— ella me insinuó querer tener una vida junto a mí. Me quedé tieso junto al tiempo. ¿Cómo poder entregar lo que no poseía? ¿Cómo darle algo inexistente? Decir que esa noche no transcurrió sería una irreverencia. No quería desilusionarla, lo mejor sería terminar con este juego de temporalidades. Tal como la recibí la dejaría ir. Abandonaría la idea de vivir. Fue hasta después que puede comprenderlo: la vida jamás había existido, sin embargo ella la creó para mi.

Lo haría por ella y para ella. Reconstruiría la idea del tiempo a petición. Si quería envejecer junto a mí, engordaría, me quejaría más que de costumbre, teñiría mi cabello de un blanco plateado; además cambiaría las flores seguido, para que creyera que el tiempo se las ha llevado. Jugaría con ella este juego para niños hasta el fin.

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