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¿Comprar o no comprar? He ahí el dilema

El fin de semana tuve una reunión con unos compañeros de la facultad, a la cual llegué con un ánimo excelente, pues se trataba de ver a personas con quienes construí una gran amistad y a quienes había dejado de ver por mucho tiempo. No podía esperar más que pasar un rato muy agradable, ponerme al día en lo que había sucedido en las vidas de mis amigos y fortalecer esos lazos, a la luz de lo que habíamos llegado a ser como personas.

No puedo decir que saliera defraudado, porque realmente tuvimos momentos muy gratos, nos alegramos mucho al enterarnos de los proyectos que cada quien emprendía y salimos con la promesa de organizar ese tipo de encuentros más seguido; aunque bien sabemos que las ocupaciones y los asuntos personales no siempre nos ayudan a cumplir con nuestras mejores intenciones.

Sin embargo, hubo un momento en el que pensé que todo se arruinaría y que de un momento a otro nos despediríamos sin el menor propósito de volvernos a ver. Lo que desató la tormenta fue una llamada que recibió una amiga y por la que tuvo que salir del bar unos minutos, pues la recepción al interior no era muy buena.

Cuando regresó, le pareció de lo más natural disculparse y comentarnos el motivo de la llamada. Le habían hablado de una empresa de paquetería de Estados Unidos a México, para informarle que su paquete se había detenido unos días en la aduana, pero que ya estaba liberado y al día siguiente sería enviado a su hogar.

Varios le dimos a entender que no había problema y tratamos de retomar la conversación que entonces manteníamos; otro amigo curioso le preguntó qué había comprado. Pero sobre todos nuestros comentarios, expresiones y preguntas, se alzó la voz indignada de una amiga. Con una expresión verdaderamente furiosa y un tono que no le he escuchado ni a mi jefe, en sus momentos más estrictos, increpó a nuestra amiga, preguntando cómo se “atrevía” a comprar productos estadounidenses en estos momentos, cuando aquel país pretendía humillarnos y perjudicarnos más de lo que ya había hecho.

Después de esa pequeña explosión, se hizo un silencio que seguramente afectó sólo a nuestra mesa, pero que yo sentí extendido a todo el bar. La amiga de la llamada se quedó tan sorprendida, que de momento no supo qué decir, y los demás sólo dirigíamos la mirada de una interlocutora a otra, esperando que de un momento a otro salieran chispas.

Por fin, el amigo curioso rompió el silencio y se animó a decir que, con toda seguridad, nuestra amiga no había actuado con la intención de perjudicar al país, ni mucho menos. Pero, agregó, él también apoyaba la idea de rechazar los productos estadounidenses, tal como la mayoría de los ciudadanos de aquél país rechazaban a los mexicanos.

Fue entonces cuando empezó, ya no lo duro, sino lo tupido, pues otro amigo, quien siempre se ha interesado por la economía, dijo que aquella estrategia era totalmente ingenua. Su argumento, bien fundamentado, a mi parecer, era que México había desarrollado tal dependencia de los Estados Unidos, especialmente desde la segunda mitad del siglo XX, que si realmente dejáramos de consumir en todas las tiendas y establecimientos de origen norteamericano y las lleváramos al punto de la quiebra, más de la mitad de la población quedaría desempleada.

Los ánimos se encendieron y salieron más defensores de la producción nacional, detractores del boicot y los que tratábamos de hallar un punto medio. Pero, así como se encendió la mecha, poco a poco se fue apagando, pues como bien pude recordar, en nuestros tiempos de universitarios aprendimos a discutir con intensidad y pasión, pero siempre sacando a flote nuestra amistad y colocándola por encima de todo.

Al final nos despedimos en buenos términos y creo que la idea de volver a vernos fue aceptada con sinceridad de parte de todos. Sin embargo, creo que debates semejantes se mantendrán en muchos niveles y, en el mejor de los casos, nos llevarán a plantear mejores propuestas para salir adelante en estos tiempos adversos.

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